lunes, 11 de julio de 2011

La divinidad ´noir´ de una en artista en horas bajas

Diario De Mallorca


Mónica Naranjo interpretó en el Trui Teatre de Palma su parodia de una ´femme fatale´ sobre la que se impone la ordinariez de lo cotidiano



HÉCTOR RUBIO. Todo el encanto que pueda tener un guión de Aída con el poderío de la voz de una Mónica Naranjo en estado de gracia, recubierto por un manto de cine negro. Con sus dejes, sus quiebros, sus excesos. Eso es Madame Noir. Cinismo poco sutil pero efectivo en forma de musical intimista.

La Naranjo interpreta a una parodia de femme fatale, de diva en horas bajas que todo lo tiene, a la que todo le sobra y sobre la que se impone la ordinariez en detrimento de su aura de diosa. "Soy tan humana", dice afectada en un momento de la función. Es una antiheroína en busca de su Humphrey Bogart, ya sea en forma de hombre o de comprensión.

La cámara está grabando o eso dice el director, que pide silencio. Pero la estrella no aparece. Y hacen dos amagos más hasta que el público desesperado ya no sabe dónde mirar. Aparición estelar desde una de las puertas laterales del Trui Teatre en la Salle entonando Lágrimas de escarcha. El respetable se levanta para ovacionar y ella baja seduciendo hasta el escenario.
Su fiel Pepe Herrero al piano y ella a solas. No hay más banda y casi no se echa de menos aunque en alguna canción una pizca de ritmo no hubiera hecho daño. En su vestido plata termina los primeros temas y acude al tocador a empolvarse la nariz, la vulgaridad de las siete de la mañana acotada en un chiste de mocos y pedos, obra de Miriam Díaz-Aroca, guionista de la función.
Del espanto de lo cotidiano vuela al desamor más desgarrado y con ella el glamour no se pierde: "Quién por ti se arrastró y por amor se vendió quién demonios te ha querido más que yo", termina Mi vida por un hombre en un agudo que se transforma en rugir de aplauso.

Traje pantalón blanco. La pantera transformada en señora pero con las mismas curvas o alguna más, según ella: "Necesitamos luz anti-papada", piden a iluminación. Cambia a un conjunto negro con el que canta el tango Balada para mi muerte y termina, resucitando, tras el desenlace fatal, con el Nessun Dorma de Puccini.
La función llega a su fin pero es un espectáculo cerrado y no hay bises. El público los pide, pero Naranjo, ya fuera del papel se sale por la tangente y juega a los saludos y las presentaciones: "Es que aquí lo hacemos todo al revés". Madame Noir o la trastienda de la divinidad.

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